Un historiador es un profeta al revés. José Ortega y Gasset |
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Batalla del Ebro, último gran combate de la Guerra Civil española, el más cruento y decisivo, librado a lo largo de cuatro meses, entre el 25 de julio y el 15 de noviembre de 1938, en la zona occidental de la provincia de Tarragona y en el área oriental de la provincia de Zaragoza, en las inmediaciones del río Ebro. La ofensiva de las tropas franquistas en el frente de Aragón se prolongó por la vertiente sur del Ebro hasta alcanzar el 15 de abril de 1938 el mar Mediterráneo en Vinaroz (Castellón). El territorio republicano quedaba nuevamente dividido en dos: al norte Cataluña y al sur la gran bolsa de la zona centro. Las tropas del general Francisco Franco llevaron a cabo entre los meses de abril y julio de ese año una ofensiva en la zona oriental hacia el sur, en dirección a Valencia. En ese contexto se produjo la ofensiva republicana en el Ebro, como parte de un conjunto estratégico más amplio, que perseguía una serie de objetivos fundamentales previstos por el general republicano Vicente Rojo: en el plano militar, entretener las reservas de Franco y ganar tiempo para la reorganización del Ejército republicano en los restantes frentes; en el ámbito diplomático, proseguir la resistencia a ultranza con la esperanza de que el pulso entre las potencias fascistas del Eje y las democracias, en aquel momento sumidas en la crisis de Checoslovaquia (incorporación alemana de la región de los Sudetes), derivase en un conflicto europeo, que pudiera cambiar de forma decisiva las coordenadas de la guerra de España; y en el terreno psicológico, lograr una victoria que elevase la moral del Ejército republicano tras los últimos reveses militares. Equipado con nuevo material procedente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el 25 de julio se inició la ofensiva del Ejército republicano, cruzando el río Ebro por sorpresa y estableciendo una cabeza de puente en Gandesa (Tarragona), que se convertiría en el centro de gravedad de la batalla, así como otra de menores dimensiones en Mequinenza (Zaragoza). El frente al sur del río quedó estabilizado entre Fayón (Zaragoza) y Benifallet (Tarragona), donde las fuerzas republicanas se fortificaron y se prepararon para una batalla defensiva. El general Franco, como ya había hecho en reiteradas ocasiones a lo largo del conflicto, prefirió llevar a cabo una batalla frontal y de desgaste, procediendo a la acumulación de refuerzos en la zona y lanzándose a la contraofensiva desde el 10 de agosto. Los enfrentamientos más duros tuvieron lugar en septiembre, precisamente cuando aconteció el desenlace de la primera crisis checoslovaca con el Pacto de Munich (acuerdo entre las principales potencias europeas), para alivio del general Franco y pesar del gobierno republicano presidido por Juan Negrín. La superioridad de los recursos y los efectivos de las tropas franquistas determinaron la suerte de la batalla. Éstas iniciaron la contraofensiva definitiva, tras una feroz resistencia y guerra de desgaste, el 28 de octubre. El 15 de noviembre, las últimas tropas republicanas cruzaron en retirada el Ebro. La nueva derrota militar liquidó en la práctica la capacidad combativa del Ejército republicano, muy mermado ya no sólo en sus recursos y pertrechos sino también en su moral. De otro lado, permitió a las fuerzas franquistas avanzar hacia Cataluña. Los principales jefes militares de los dos bandos que actuaron en la decisiva batalla del Ebro fueron, del lado republicano Enrique Líster, y del franquista Juan Yagüe.
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