Un historiador es un profeta al revés. José Ortega y Gasset |
Druidas, Sacerdotes Celtas
Tres únicas máximas de gran laconismo componían la catequesis de los druidas: Sirve a Dios, Absténte del mal, Sé valiente. A la vez guerreros y pontífices los druidas, en el ejercido de su sacerdocio militar, desplegaban toda la fuerza, todo el rigor y toda la autoridad que implica este acoplamiento de palabras. Con todos los poderes en mano, hablaban en nombre de Dios: gobernadores de los ejércitos, guardianes del tesoro público, y ejerciendo las funciones de jueces incluso las de médicos, castigaban tanto la herejía como la insubordinación y ponían fin a los pleitos así como a las enfermedades, aunque era más a menudo por la muerte del enfermo que por la del acusado. Según su legislación, liberal y filantrópica, a pesar de su rigor aparente, un tribunal compuesto de notables reconocía los crímenes graves: la Idea de un tribunal compuesto de notables hace suponer fácilmente la aceptación de unas circunstancias atenuantes por lo tanto, el culpable no tenía más remedio que pagar una multa fuerte si era rico o ser condenado al destierro, si era pobre. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de los druidas, el antiguo culto a los árboles no pudo ser aniquilado por completo y tuvieron que tomar la decisión de adoptar uno excluyendo a todos los demás, que congregase en torno suyo los homenajes dispersos de las poblaciones. Este árbol oficial, especie de altar verde donde venía Dios para manifestarse a sus sacerdotes era un roble, un roble robusto y vigoroso, el rey de los bosques. Hoy en día se reconoce y se honra al roble sagrado, es hacia él que los devotos van en procesión de noche con sus antorchas para depositar sus ofrendas. Poco tiempo después esta costumbre iba a invadir toda la Céltica. En torno a este roble los druidas establecieron unos recintos sagrados donde sus familias se asentaron pues estaban casados; pero sólo podían tener una mujer, a diferencia de los demás jefes, que solían practicar la poligamia. Aun cuando se prefiriera al roble entre los demás árboles, este no fue adoptado de modo exclusivo en todas partes. He aquí donde vuelve el culto a los árboles. Es un culto que persistió siempre en Alemania. Todavía existe, pero no es el roble, el olmo, el haya, ni el fresno que reciben los homenajes, sino el tilo. El roble de los druidas, acabó por generar sentimientos casi fanáticos. Las procesiones y las ofrendas se multiplicaban en torno suyo; las muchachas lo adornaban con guirnaldas de flores entremezcladas de pulseras y collares: los guerreros colgaban en sus ramas los más preciados despojos conquistados en sus combates. Gracias a la ayuda de un viento tempestuoso, los demás árboles de los recintos parecían inclinarse humildemente ante él. No obstante tenía un enemigo, un enemigo personal, encarnizado. Implantándose sin pedir permiso sobre sus ramas sagradas, hasta su augusto tallo una pequeña planta abyecta, oscura, miserable, vivía a sus expensas, se alimentaba de su savia, absorbía su sustancia hasta el punto de amenazar su libre crecimiento con tanta insolencia que ocultaba bajo sus hojas opacas y turbias el brillante follaje del árbol fetiche.
Estos velos, santificados por el muérdago ya no podían tener un uso profano. Los teutones del Rin sacaban de la planta una especie de sustancia viscosa que se consideraba un contraveneno infalible para combatir la esterilidad de las mujeres, infalible para combatir las enfermedades y conjurar los maleficios y también para coger a los pajaritos. La ciencia moderna sólo pudo descubrir en el muérdago una sustancia purgante, así que era un purgante, y un purgante violento, lo que nuestros antepasados se intercambiaban en lugar de bombones, el día de año nuevo. La entronización de esta planta parásita en el santuario no dejó de ser un beneficio para todos. El muérdago del roble sagrado llegó a tener un valor comercial, y los falsificadores (también los había en la época de los druidas) se cuidaron de recogerlos en otros robles. incluso los otros árboles en que se producían, como los manzanos, los perales, los olmos, los nogales los fresnos y los tilos o alerces. Pronto, tanto en las huertas como en los bosques, podíamos presumir de la superchería, sobre la cual los druidas cerraban los ojos. Pero aprendieron la lección. Infinidad de reptiles peligrosos se habían multiplicado en los cantones del Rin y, sin duda, eran la causa de continuos accidentes para el que vivía al aire libre, y casi todo el mundo dormía el raso. En su época de letargo, estos reptiles se entrelazaban. quedando pegados entre si por una supuración viscosa y formaban una especie de pelota llamada huevos o más bien anillos de serpientes por los Celtas, y anguinum por los Romanos. Como el muérdago, el anguinum entró en la farmacopea de los druidas: así mismo figuró en sus ceremonias religiosas y pronto fue tan escaso que se convirtió en un objeto de valor que sólo conseguían los ricos a precio de oro. Si al principio se dejaron arrastrar a estas prácticas supersticiosas, condenadas por su conciencia, luego los druidas supieron sacarles partido para el bienestar de todos. Por desgracia, a la larga, los anillos de serpiente, el roble y su parásito ya no resultaron suficientes para los que querían innovaciones. La vía de las concesiones, por más estrecha que sea la entrada, ha de ir siempre alargándose y ensanchándose. El antiguo partido del culto a los árboles (aún era numeroso y sobre todo activo, como todos los antiguos partidos) se quejó de que se hubiesen suprimido los compañeros, los oráculos de la familia, a favor de un roble aun cuando ese roble privilegiado no gozaba tan sólo de la facultad de ponerles en comunicación con Esus, el Dios del cielo. Estas exigencias no estaban desprovistas de lógica: y fue preciso satisfacerlas. Los druidas se dividen en tres clases:
El colegio de los druidas no tardó en alarmarse de aquellos oráculos viajeros que iban necesariamente a contradecirse entre si. De la misma manera que había antes instituido un solo árbol oficial, ahora afirmó que únicamente los caballos criados bajo su vigilancia, en los recintos sagrados, tenían el don especial de la verdadera profecía. Estos caballos de pelaje blanco e Inmaculado, alimentados a expensas del tesoro público, no tenían que trabajar ni ser sometidos a ninguna de las trabas de la montura o de la rienda. Fieros e indomables, las crines al viento, vagaban en libertad por las arboledas. Gracias a sus movimientos más libres y, por consiguiente, más seguros desde el punto de vista de la pronosticación, esos caballos profetas, que casi formaban parte del clero druídico, gozaron durante mucho tiempo en todos los países celtas de una autoridad incontestable, la cual, sin embargo, se encontró un buen día contestada. Otros seres animados les hicieron la competencia, y estos adversarios de los caballos ¿lo diré? fueron las mujeres. De repente las mujeres se encontraron dotadas en sumo grado del don de la segunda vista, de la inspiración, de la Intuición, de la divinidad. Viéndose forzados por el público a pronunciarse, los druidas admiran en ellas (es Tácito quien nos lo dice) algo más instintivo, más divino que los hombres e Incluso que los caballos. Su organización, fácilmente impresionable, las predisponía al don de la profecía: "Es que, en efecto, las mujeres actúan más fácilmente por Instinto natural e irreflexivo que por prudencia y lógica."
Pero el Rin a rendido todavía oráculos y no ha llegado el día en que Ganna, Velleda o Aurinia se dignaran acordar una audiencia a los embajadores de Roma. Sólo quisimos trazar unas líneas para esbozar el desarrollo de esta nueva institución de las druidesas, de las que ya no se hablará mucho más hasta su declive. De nuevo los druidas cedieron, pero un poco desanimados. ¿Qué había sido de aquella gran religión filosófica para la cual bastaba la plegarla y la meditación y que habla creído, un poco a la ligera, es verdad, poder aclimatarse el medio ambiente de esos bárbaros? Al pie del roble, hasta entonces de pura sangre, consintieron en sacrificar los animales perjudiciales, primero los lobos, los linces y los osos, luego vinieron los animales útiles que alimentan al hombre, las ovejas, las vacas, y luego, por fin, hasta su compañero de guerra, el caballo. Los caballos inmaculados rodeados hasta entonces de una consideración supersticiosa, no se salvaron. Y a cada uno de los grados de esta escala sangrienta, siempre resistiendo y siempre desbordados, los druidas dejaban escapar una última concesión, con la esperanza de retener así por algún tiempo un poder que sentían a punto de escapárseles de las manos. Exaltados por el éxito, los progresistas llegaron a preguntarse por qué la ofrenda más digna de hacer a Dios no sería la sangre de un hombre. ¿No era el hombre el más noble y el más perfecto de los seres creados? Quizá llevando aún más lejos el argumento, esperaban probar que entre los hombres, los más agradables a Dios, los más dignos de ser elegidos eran los propios druidas. Pero no se puede exigir demasiado al mismo tiempo. Esta suprema consecuencia de un mismo principio quedaba en paréntesis, por el momento, sólo exigían una víctima vulgar, la que llegase primero, con tal de que fuese un hombre. No cabe duda que, ante esta abominable petición, ante este asesinato propuesto en nombre del cielo, los herederos, los descendientes de estos sabios pontífices que habían hecho tabla rasa de las primeras e inofensivas supersticiones de los antiguos celtas, escondiéndose, retrocediendo horrorizados, recobrando su antigua energía, iban a invocar a la vez el cielo y los infiernos, el roble sagrado, los adivinos, las druidesas, los caballos inmaculados, llamar a la nación entera y lanzar el anatema sobre las cabezas de los infames solicitantes: pero no sucedió así. Al contrario, se apresuraron a legitimar con su sagrado consentimiento este sacrificio salvaje. Incluso se podría llegar a pensar que ellos mismos hubieran inspirado esa horrible idea. ¡Sacerdotes hipócritas! ¡filósofos mentirosos! ¡tigres Disfrazados de pastores de pueblos!... Apaciguémonos. Obrando de este modo obedecían menos, tal vez, aun instinto de crueldad que a la política, y también a la filantropía, sí, a la filantropía: pero expliquémonos. Entre los celtas de aquel entonces se valoraba poco la vida del hombre: se desperdiciaba en las batallas, se prodigaba en los duelos. En la época de sus grandes asambleas nacionales los galos tenían por costumbre, para obligar a los electores a la puntualidad, de matar al último llegado, y éste pagaba por todos los rezagados. Siendo así, cuando se le entregaba los prisioneros sanos y salvos, el gran sacerdote escogía a los que tenían que ser degollados, contentándose alguna vez con uno solo. Se sacrificaba a menudo uno de los jefes enemigos, con su caballo de guerra, para realzar la pompa de la ceremonia y también para que la cantidad de sangre derramada disimulara la pequeña cantidad de víctimas. Tras haber interrogado escrupulosamente los flancos entreabiertos del caballo y del caballero, el sacrificador, la barba y la ropa mancillada de sangre, alzaba hacia el cielo una mano enrojecida en la misma fuente, resumiendo crimen, respirando matanza, y declaraba que su dios había quedado satisfecho: su dios estaba cansado y se le reservaba el resto de los cautivos para otro día, que no llegaría... Acababa de crearse un nuevo empleo, el de sacrificador. En Germania así como en Galia, por los dos lados del Rin, los druidas se lo reservaban para si mismos: en otros países célticos, entre los escandinavos, y los escitas ese triste empleo fue ejercido incluso por las mujeres: la Ifigenia de Tauride puede atestiguarlo. Sea como sea esta sangrienta innovación, los prisioneros sacaron provecho de ella: pero los que se beneficiaron más fueron los druidas. Su poder, fuertemente quebrantado, sacudida tras sacudida, se fortaleció de repente. La oposición no tuvo en cuenta sus amonestaciones ni sus oraciones, y ahora se detuvo ante su cuchillo. |
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